Para seguir saboreando el café de cada mañana
No es difícil, aun sin cerrar los ojos y abstraerse en el tiempo, recordar el tropel de viento y el amasijo de ruidos infernales que se produjeron en la madrugada del día 25 de Octubre. Sandy llegó a Santiago de Cuba con furia, entró a la ciudad con toda su rabia y salió de ella cargando con prepotente violencia a nuestra ciudad en su hombro torbellino.
Sandy arrasó con todo, lo destruyó todo: los sueños, los esfuerzos, acabó con las miles de horas en las que cada familia dispuso de su economía para un nuevo techo que ahora está “sabe dios” donde, con los ladrillos de las más nuevas o viejas paredes, con los árboles. ¡Con todos los árboles!, porque en la rabia de Sandy parecía una obsesión acabar con el verdor de la ciudad y sus techos.
Ayer cuando me llamó Pancho Amat para darme consuelo de amigo, el tresero mayor de cuba y amante de esta ciudad solo me dijo : ”[…] casi he llorado, porque aún, cuando se recupere todo, o casi todo, ya no se recuperará jamás la belleza de la arquitectura y la particularidad de una vieja ciudad de hermoso techos de tejas”.
Y es cierto, volaron las tejas y en medio del furor de los vientos; parecían como grandes vitrinas repletas de copas de cristal las que caían al suelo durante las tres o cuatro aterradoras horas.
Nos sentíamos indefensos, pequeños, cobardes, humillados por Sandy que empujaba las puertas de nuestras casas y abría las ventanas a pesar que toda la familia la trataran de mantener cerradas. No sé si fue psicológico o algún “Síndrome de Ciclones”, o el pánico que sentimos, pero orinábamos cada 3 minutos inconteniblemente. Parece increíble, creo que fue coincidencia general (aún, no me lo explico).
Sandy entraba y salía de las viviendas a su entero capricho. Y si ya dentro, se le antojaba salir por el techo, entonces lo levantaba como una hoja de papel y continuaba su marcha indetenible de pánico y destrozo.
Sandy nos dejó marcados para siempre, y ese ruido que aún me retumba y me aterra. Esa manada de decibelios confusos e irreconocibles para el oído humano. Insisto que eran como cristales al romperse en montones importantes, eso sentimos los del centro de la ciudad.
Sí… porque Sandy, tenía ruidos diferentes en cada parte de la ciudad. La parte histórica y tradicional de Santiago de Cuba con techos de tejas de barro, tuvo que sonar muy distinto a la zona de San Pedrito con las casas nuevas, recién construidas pero con estructuras de metal y techos de zinc. O diferente al ruido de la desbasta zona marítima de “El Cayo” en la bahía santiaguera, donde se quebraban los amasijos de madera de sus casas de portales machihembrado que terminaron siendo alimento de las olas de 8 metros de altura, insertados los gritos de sus indefensos moradores, esos serían los típicos sonidos del desastre de ese, ayer hermoso y atípico territorio de pescadores.
Sandy fue eminentemente viento. Y viento que en su fuerza creó todas las expectativas posibles para los especialistas y meteorólogos que lo midieron. Para algunos, alcanzó los 175 km por hora, para otros, pasó a más de 220 km/h. Hasta que el equipamiento de “La Gran Piedra” midió su fuerza a 282 Km/h. El aeropuerto internacional “Antonio Maceo” con sus aparatos para medir el viento lo declaró en 245 km/h.
Cualquiera que fuera su velocidad, Sandy era tan demoledor y destructivo, como el efecto que produciría un tropel de elefantes en desbandada dentro de una cristalería -por remitirme a un viejo proverbio, que no sé a quién atribuirle.
Ahora, ya no importa la fuerza de sus ráfagas. Santiago de Cuba es una ciudad destruida, con apenas viviendas ilesas, sin Iglesias, casi sin hoteles incluyendo el insigne Hotel Santiago. Sin terminales de ómnibus ni trenes, sin aeropuerto. Con todas las cristalerías de sus comercios rotas, por el viento o por los vándalos. Porque lamentablemente, en medio de esta consternación aparecen los inescrupulosos; oportunistas para el bandidaje y el saqueo.
Ellos comenzaron su inhumana orgía, aún en medio de los vientos, contra los almacenes, las bodegas y hasta con las viviendas abandonadas por su moradores en inminente peligro de derrumbe o ya hechas añicos sobre la tierra. Para esos, debe existir un castigo divino y de la justicia humana.
Para esos, y otros tan repudiados como los revendedores, acaparadores y especuladores que piden por un pan 20 o 25 pesos y por una vela 15 o 20 en una ciudad donde ha colapsado el sistema eléctrico. Santiago tiene muy limitado su acueducto, sus panaderías, su tránsito vehicular, el combustible, todo.
Para algunos aun la sorpresa y el stress lo dejan atontados y sin explicarse aun como pudieron acostarse en una cómoda cama el día 24 y amanecer a merced de la lluvia y el viento en la madrugada del 25. Sin techo, sin paredes, sin equipos electrodomésticos, sin ropas que apenas ponerse y algunos sin un familiar querido como el pequeño de solo 4 meses que el ciclón Sandy no permitió ampliar sus años y que conociera a su encantadora ciudad Santiaguera.
Solo nos queda ahora la voluntad de continuar la vida, trabajar, no detenerse. Porque aunque Sandy lo haya intentado, el santiaguero no tiene por qué dormir sin techo ni dejarse de llevar un pedazo de pan a la boca con el café de cada mañana.