Che Mondéjar

Che Mondéjar

Aquel hombrecito pequeño, de andar desmesurado, siempre a guindas con su gran estuche de guitarra le decíamos “Che”, aunque su nombre fuera José Mondéjar Cobas.

Llegar a su casa, a la que precedía un largo y estrecho pasillo en Calle 8 del reparto Santa Bárbara, en Santiago de Cuba, muy cerca de la Calle Aguilera, era lo mas cotidiano que hacíamos Douglas Delgado, Rafelito López (mi primo), Mayito (El Rubio) y otros que como yo, siempre buscábamos a Marcos su hijo o a Martín el mayor: Ambos excelentes guitarristas.

José Cobas Mondéjar, guitarrista santiaguero

Regularmente la puerta la abría Ángela, la madre de los muchachos de la casa. Una mujer con un perrito en su regazo, toda alegría y sonrisas, muy acostumbrada a los trajines de músicos y ensayos, del entra y sale como se solía decir en aquellas condiciones de suma estreches para tanta gente que los visitaba.

Tan jóvenes eramos que padecíamos de la incapacidad para reconocer que estábamos en la casa de un virtuoso de la guitarra cubana, porque José Cobas Mondéjar era eso y más. Ver tocar al maestro era un deleite y él lo hacia por placer, sin distinciones, “ni darse mucha lija” como es usual que se comente de quien se resiste a entregar su arte de modo tan espontáneo y nosotros teníamos ese privilegio.

Nació en el poblado de La Maya, a escasos 30 km de la capital santiaguera. Se le escucho decir alguna vez y le creímos porque para que nazca un músico en esta región del país, no hace falta sitio específico. Pero lo que siempre dudamos fue que se nos confesara autodidacta.

José Cobas Mondéjar
Che Mondéjar

¿Cómo pudo ser autodidacta un instrumentista con una técnica tan depurada? con la digitación de los dioses en sus manos y esas melodías precisas y sin fallas a la hora de entregar una pieza musical de las más difíciles en su ejecución instrumental?

Una vez María, la única hija de la familia, casada con el carismático “Papá Gofio” de la Orquesta Rumba Habana, nos llegó a comentar de los inicios el superdotado artista que había hecho carrera acompañando a cantadores de tango del nivel de Panchito Sabaté en Cuba y de los argentinos Agustín Irusta y Raúl Suárez. Y la boca se nos queda abierta cuando menciona el nombre de la estrella del flamenco español, la faraona, Lola Flores.

Como no recordar al músico cubano que recibió a cuantas delegaciones de alto nivel llegaban a esta ciudad y que por lo regular se alojaban en el hotel más importante de aquellos tiempos en la ciudad de Santiago de Cuba. El insigne Hotel Versalles. Cómo no venerar al maestro que asesoraba obras del destacado compositor y político cubano Juan Almeida Bosque.

A Mondéjar le cambiaron la casa y ahora llegábamos a una de amplio corredor y sala espaciosa situada casi al lado de la anterior, siempre llena de perrito chihuahuas que fueron su pasión y la de sus esposa Ángela que los adoraba como a sus hijos.

Allí, en el Hotel Versalles, se celebró mi matrimonio y la luna de miel mas espectacular que pueda tener un matrimonio y todo porque cada día Che Mondéjar nos dedicaba parte del repertorio que allí interpretaba en el restaurante durante el horario de almuerzo.

Che Mondejar, en sus últimos años de vida

Luego lo vimos andar algo más lento y su guitarra un poco más apagada pero aún así, evitando la distancia de la ciudad al hotel, se hace dueño del patio del Restaurante “El Baturro” especializado en comidas españolas.

Luego aquel que acompañó en la Corte Suprema del Arte, al popular actor y cantante Armando Bianchi, esposo de Rosita Fornés pasó a ser lástima y preocupación de muchos por su desaliñada figura y su innecesario vagar por la ciudad, ahora con un estuche raído y sin guitarra, desgastado y sin memoria.

Una vez Che Mondéjar desapareció de nuestras miradas de ciudad, pero jamás de nuestros corazones, aún se siente su paso apurado y su guitarra sublime de expresión lírica, sigue siendo para todos los que lo conocimos y disfrutamos, el pequeño guitarrista más grande de esta ciudad Santiago de Cuba.

Usted maestro merecía hoy, este recuerdo.

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