El callejón de Portuondo

El callejón de Portuondo

Crónica de Santiago Carnago rememorando el lugar donde nació y dio sus primero pasos infantiles en Santiago de Cuba.

Nací en un callejón: Una calle sin salida o mejor decir. Una calle que finalizaba en un zanjón de aguas albañales como desagüe urbano. Zanja que corría como río por detrás de la casa de Guango y Rosita la santera. Última de las construcciones del callejón en primera de Portuondo esquina a San Miguel, Por aquel desagüe se metían “los resbalosos” a escapar. Según dicen ladrones y maleantes que untaban su piel en grasa para evitar ser agarrados por la gente.

Como cualquier otra calle de la ciudad.

Pero creo que en esta mas. La familiaridad era un sello distintivo. Quizás por el solo hecho de no tener apenas calles colindantes éramos los sobrinos y los nietos de los vecinos.

El callejón en primera de Portuondo era suigéneris en personajes pintorescos y afables. Personalidades artísticas. Maestros. Vendedores. Santeros y bodegueros. El callejón podría ser el arcoíris que nos identificaba como miembros de esa comunidad.

En la esquina o entrada a Primera de Portuondo. La tienda de Rafael y Margot. Matrimonio de una dulzura extrema y bondad infinita. Tenían un negocio modesto donde la “ñapa de caramelos” era el fuerte para que siempre quisiéramos acompañar a nuestros padres a la bodega.

También era la esquina donde se detenía el carro refrigerado de la lechera Hicacos. Sonando el claxon a muy temprana hora para que los padres nos enviaran con el litro a recoger la leche. Porque el carro no entraba al callejón sin salida, porque nunca podría doblar en retorno.

Frente a la bodega de Rafael

Cada noche se detenía un auto Buick descapotable a recoger a la guarachera Pura Mazart. La artista conocida en el ambiente del cabaret como “Conchi Candela”. Luego al decursar de los años esta guarachera de alegría infinita en la escena. Formó parte de los elencos que yo dirigía en el Rancho Club de Santiago de Cuba.

Ya entrando al callejón en una casa de madera y de amplio corredor se parqueaba la carretilla de Piculín. Vendedor de pescados y mariscos. La carretilla también de madera siempre chorreando el agua del hielo que le quedaba en la venta del día anterior

Maria y Cantón eran nuestros vecinos mas cercanos.

Pared con pared nos dividían las tres pequeñas casitas. En la que nací en el numero 7 y 1/2 quedaba en el centro de las otras dos y cada noche, mis hermanos y yo nos aterrorizábamos escuchando los rezos y canto de la negra María y los inciensos de perfume fuerte a olor de albahaca

Ya frente a nuestra casa la escuelita paga de Miladis. Que a la vez de maestra era como mi segunda madre, Angelita era su mamá a la cual llamábamos abuela. Pilay (Miladis) me enseñaba las letras y se divertía cuando me escuchaba cantar el bombón de Elena.

Luego la Casa de Noelia. Esa señora alta y delgada con hablar campesino y corazón de oro. Dulce hasta la saciedad y su hija Nelly Miralles a la que le encantaban las botellas de refrescos para vestirlas y jugar a las muñecas. No voy a decir de las maldades que le hacia a la pobre Nelly. Aquel día que le rompí una botella de coca cola vestida de novia con papeles de seda blanco; ese día se formó.

También recuerdo los Aromas a pelo quemado cuando la gente de al lado de casa de Xiomara. Se sentaba en la puerta a pasarse el peine caliente que levantaban de un anafre de carbón prendido en el medio de la calle. Si total en el callejón apenas entraban carros.

Recuerdos muy lejanos al raya´o que vendía Chichí: Que como era coja de una pierna pues ahí le dabas el apellido. También al señor Mayeto, no recuerdo si carpintero o albañil, de alguna manera me asombra después de 60 años que yo pudiera recordar a tantas personas que rodearon mi infancia

Hoy pienso que nací en un lugar de privilegio.

Rodeado de vecinos que mas que eso eran tíos, abuelos, madrinas o hermanos y hermanas. De gente humilde y pobre pero de corazones gigantes.

Ya no existe el zanjón porque le tapiaron para evitar la pestilencia. No se quien vive en la casita de Guango y la negra Rosita. Piculín ya no vende pescado y no se de la vida de Margot, Rafael y su bodega. Las generaciones han cambiado, pero es mi deseo que esta calle estrecha y corta de la cuidad siga siendo un ejemplo de buena vecindad y tradiciones.

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