«El generalísimo muere de popularidad».

«El generalísimo muere de popularidad».

«El generalísimo muere de popularidad». Crónica de Santiago Carnago inspirada en la anécdota curiosa sobre la muerte de Máximo Gómez Báez

«Estaba prohibido hacer música y no se oía vibrar un piano ni sonar uno de los muchos fonógrafos de La Habana. Cada media hora, durante tres días, disparaba el cañón de la fortaleza de La Cabaña; y cada hora tañían las campanas de los templos. Cerrados los teatros, las oficinas, los establecimientos, ofrecían las calles llenas de colgaduras negras y banderas enlutadas, un aspecto extraño con las multitudes que discurrían convergiendo hacia el Palacio».

palabras del dominicano.
Pedro Henríquez Ureña

Aquel 17 Junio 1905 se marca en la historia de Cuba como de los mas tristes y sentidos para el pueblo de un país heroico. La muerte del soldado mas connotado en la lucha por la independencia: El Generalísimo Máximo Gómez Báez.

Sus días concluyentes.

Los últimos de su sacrificada vida. Tuvieron el sabor amargo del desagradecimiento. Nada había solicitado el General a su favor después del final de la guerra. Ni siquiera aceptó la paga que le hubiera correspondido como Mayor General.

La tristemente célebre asamblea del cerro. Comisión creada por los patriotas cubanos al ser extinguido el gobierno de la República en Armas. Grupo que representaba los justos derechos de las fuerzas del ejercito libertador. Enfrenta la negativa de Gómez a respaldar el ridículo crédito que garantizaría el licenciamiento de los mambises.

Esto provoca el rechazo a su figura y simbolismo de los miembros adjuntos. Ellos determinan su destitución como General en Jefe del Ejército Libertador. En aquella ocasión tampoco faltaron voces que le echaran en cara su condición de extranjero. En actitud desagradecida lo conminaron a marcharse y hasta llegaron incluso a pedir su fusilamiento.

Aquel inmenso patriota

Que en acción altruista de desprendimiento pagó todas sus deudas contraídas en ocasión de la guerra en Cuba. Con la venta de sus propiedades en Santo Domingo. El intachable general que a la hora de su comida se le servía la misma que la del último soldado. El impecable ser humano. Listo a compartir el pedazo de jutía o algún trozo de las cañas de azúcar que siempre llevaba atadas a la montura de su cabalgadura. El compañero de batalla presto a compartir sus únicas propiedades. Consistentes en un costurero con hilo y agujas y el jarrito para el agua y el café. Recibía la inmerecida respuesta del egoísmo y la mezquindad de los oportunistas.

Solo esta ciudad de Santiago de Cuba le propició el consuelo del descanso.

El ídolo que es para todos. Siente placer en compartir con su pueblo y percibe el calor de su gente. La gente le bloquea el paso en la calle. Todos quieren admirar su figura. SaludarloE estrechar fuertemente su diestra gloriosa.

En medio del calor nocturno. Una de esas noches de apacible descanso se lamenta el General de un dolor en la mano derecha. Son muchos los apretones de miles de admiradores que han insistido en el saludo. Aquella mano en la que justo unos días antes se hizo una pequeña herida.

El malestar hasta ahora aparentemente pasajero se va complicando. Sobreviene la infección y con ella la fiebre. El Doctor José Pareda. Su médico de cabecera. Ordena de inmediato el regreso a La Habana.

Lo mas cierto es que el mayor general Máximo Gómez ha enfermado de popularidad.

El Generalísimo se ha podido despedir de su esposa y de sus hijos. A todos les ha dado fuerzas y consuelo. Importantes visitas de la mayor jerarquía del país le suceden a su lecho de enfermo. Incluyendo la solicitud de permiso a visita que pide a la familia el mismísimo presidente Estrada Palma. Aquel a quien Máximo Gómez censurara por sus desafueros y ambiciones y las intenciones de reelección inconstitucional que pretendía.

Gómez agrava. La fiebre no cesa y sube, los escalofríos son insoportables y delira. El doctor a descubierto un absceso hepático a punto de supurar. Ahora su estado es de gravedad extrema.

El Generalísimo está consciente del inevitable final

A las tres de la tarde del martes 20 de junio, 21 cañonazos de salva anuncian la salida del cortejo fúnebre. Desde el Palacio Presidencial lleva sus restos mortuorios hacia a la Necrópolis de Colón en la Habana.

Sus propios detractores acompañan el féretro con la vergüenza reconocida en sus rostros. Es el sepelio más grande que se haya visto en Cuba hasta ese momento.

Le acompañan dos largas hileras de personas llevando las ofrendas florales. Veinte carruajes de negro que son zarandeados por la muchedumbre de personas. Todos insisten en llevar en hombros el féretro hasta el cementerio.

Los ánimos se controlan cuando los cornetas de siempre del General, tocan silencio y generala. El toque que tantas veces acompañó los combates en la manigua insurrecta. Fueron los generales mambises Bernabé Boza, Emilio Núñez, Pedro Díaz y Javier de la Vega quienes lo que sacan el ataúd del carruaje que lo condujo a la Necrópolis. Lo depositan en la fosa. En su sepelio de hombre de honor no hubo despedida de duelo. La Isla quedó paralizada.

Speak Your Mind

*

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.