«Los juegos tradicionales»

«Los juegos tradicionales»

Los juegos tradicionales, comentario escrito el 24 de julio del 2020 para recordar tiempos de la infancia

Con una ciudad que ya extralimita los 505 años de fundada. Una niñez alegre, divertida e inteligente que habita en ella. Y tantos años escribiendo memorias y motivaciones, Me soy llamado a cronicar (si es acertado el término) acerca de los juegos tradicionales colectivos. Esos que hace ya algún tiempo, eran el protagonismo de las tardes Santiagueras y regalaban una imagen de sano compartir.

Los sucesos tradicionales.

Culturales o artísticos no tiene una fecha fija de surgimiento. Todo actúa mediante un proceso de desarrollo. Es por eso que nadie podría dar día, fecha, mucho menos hora del nacimiento del primer Bolero. Decir un día especifico para el surgimiento de nuestros carnavales. Tampoco las tradiciones que mueren o desaparecen parcial o totalmente tiene una fecha exacta. Todo forma parte de una evolución o involución progresiva. Es por eso que no existe fecha que nos ubique cuando y como desaparecieron de nuestras calles santiagueras la divertida prole de chicos y sus juegos. Esto sin dudas fue poco a poco

Pasar una tarde por alguna calle de Santiago de Cuba, luego de culminada la tarea escolar. Sobre todo por una de sus barriadas. Era chocar a la vista con decenas a de niños reunidos bajo el poste del alumbrado público o en el corredor de la casa mas amplia de la cuadra. Poniéndose de acuerdo en el juego que seria mas divertido o en aquel en el cual podrían participar hembras y varones. A su alrededor, en los corredores. Sentados en sillones y taburetes. Los familiares de los niños que a la vez que refrescaban el agobiante calor de Santiago.

Se preparan a reír de lo lindo y divertirse como en los tiempos en que ellos mismos fueron niños.

Pudiera comenzarse por jugar a los escondidos. o al juego de policías y ladrones donde luego que te atrapaban, el bando contrario te mantenía custodiado, hasta que alguno de tu tropa lograba atravesar la barrera de carceleros y tocarte. Eso era como volver a darte la libertad. Ese juego, junto al puesto. el quemao o la gallinita ciega eran los mas activos. Lo que es lo mismo, juegos en los que se tenía que correr. Por eso no faltaba algún padre que interviniera dando la sugerencia: “Por que no juegan a otra cosa, que ya esta bueno de sudar. Es que después a la hora de dormir están sudando demasiado”

Y se jugaba entonces a “otra cosa”. que podía ser el juego de las cintas o su mas cercana variante “el juego de las frutas”: aquí se formaba una columna de niños unos a lado del otro y el designado: “dueño o dueña del mercado” le daba en secreto el color de una cinta. O el nombre de una fruta a cada muchacho. Entonces entraba el diablo, Tun tun, —¿Quién es?, el diablo, —¿Que quiere?cintas —De que color, las escojo yo —. pase. Entonces el diablo decía verde.” y si adivinaba se llevaba la cinta, que era lo mismo que sacar del juego al dueño de ese color. Que sano y cuan divertidos estos momentos de los que eran dueños los niños.

Muchos serian los juegos que traspasaban de una generación a la otra con sus variantes. Pero siempre con los mismos códigos de solidaridad. Eran juegos de roles y de camaradería: el juego “la maculina”. “Sapito y pon”. “el túnel” o el gustado juego de “la señorita”. donde los adultos se divertían casi mas que los vejigos, cuando le tocaba a uno de los varones bailar, con cara apenada, entre las dos filas de cantores que con sus palmetas que iban entonando un coro que decía en su letra:

“El señorito Antonio entrando en el baile. Que lo baile que lo baile y si no lo baila le dan pastillas malas que la saque que la saque. Sácala usted que la quiero ver bailar, saltar bailar brincar por los aires. Déjala que baile sola, sola solita

Entonces el varón sacaba a otro o a otra para que el baile y la diversión sigan en aumento. Un juego que casi siempre finalizaba cuando iba a caer la noche era “el borriquito”. Pero que en buen santiaguero se le llamaba “el burriquito”: un juez y un niño en el papel del burro, que doblado ofrece el lomo al jinete. Al “burro” se le tapan los ojos y se sube un muchacho designado por el juez de manera muy silenciosa o sea por señas. Ya montado el jinete se le pregunta al burro: ¿Burriquito quien esta encima?. El burro toca. Analiza el peso. Quizás trata de escuchar la inevitable risa que se va contagiando entre todos y dice un nombre. Si no acierta se sube entonces el dueño del nombre junto al jinete que aun anda en incógnita: y si el “burro” sigue diciendo nombres sin adivinar pudiera tener sobre su lomo la cantidad de jinetes que al final lo derriben de cansancio o de la risa.

Va cayendo la noche:

Los varones terminan su juego “Al burriquito” y las hembras ya deshacen la ronda, donde seguro se cantó Alánimo”. “ Tengo una muñeca”. “La pájara pinta” o cualquier otra olvidada pero siempre hermosa canción de ronda tradicional. Cae la noche, pero mañana se tendría la esperanza de volver a disfrutar de esa imagen tierna y alegre que perduró por años en las calle de Santiago. Y que hoy para tristeza y nostalgia de muchos ya no forma parte de las tradiciones de una vieja ciudad inundada de sitios wifi para la individualidad. Aunque muchos sabemos que lo colectivo funciona mejor como sociedad.

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