«Un retrato a ciegas»

«Un retrato a ciegas»

Crónica de Santiago Carnago López inspirado en el anecdotario del pintor inglés Walter Goodman en su visita a Santiago de Cuba

Cosas inauditas, curiosas o sencillamente peculiares, han sucedido en nuestra ciudad llena de anécdotas y relatos, que en ocasiones parecen mas sacados de la imaginación fantasiosa, que de algún suceso real.

Es en la calle Santa Rosa donde se sitúa nuestra crónica contada con lujo y detalles por los que antaño conocieron de ella, historia que tiene lugar en un afamado estudio de pintura, propiedad de Nicasio Rodríguez y Boldú y en la que compartió labores el pintor ingles Walter Goodman.

Este último cuenta la ocasión en la que el comerciante don Magín lo detiene en la calle y con agravada la aflicción le comenta que acababa de enterrar a su única hija una niña de tres años. Tal y como era costumbre de la época, los familiares del finado querían conservar un cuadro del occiso como para hacerlo revivir en el recuerdo y en ese compromiso involucra al Inglés y su compañero Nicasio: Pintar un cuadro de la pequeña.

Para tales menesteres los pintores piden al afligido padre una imagen que los guiara en tal empeño, sobre todo alguna fotografía en toma reciente y cual no seria la estupefacción de ambos cuando don Magin le confiesa que a su pobrecita hija jamás se le hizo fotografía alguna.

Buscando una salida al embrollo tratan de rescatar algún apunte ligero pero fiel, o una miniatura en colores, algo que les dé una aproximación a la imagen desconocida por ellos, pero nada existe que pueda proporcionarle alguna imagen de la niña, que en gloria esté.

« ¿Cómo entonces puede usted esperar que le hagan un retrato?»

Es la pregunta que se impone, a la que el desdichado responde no tener nada que pueda darle su imagen.

Pero añade, — tengo buenas guías a su disposición, le puedo traer el vestidito, el sombrerito, los zapatitos y las mediecitas que usualmente llevaba. Tengo también la medida de su estatura y de la cinturita.

Le puedo decir los pormenores de su colorido; del pelito y de los ojitos… Y así, de palabra, tendrá esos detalles…y además le mostraré a una niña que se parece a la mía en muchas señas… Además se decía que ella y yo nos parecíamos.

Preséntela así en pintura; ponga lo que le digo…tome un par de apuntes de la niña que le traeré…y le aseguro que lograremos un resultado satisfactorio y que mi Engracia, que Dios tenga en la gloria, revivirá en el cuadro».

Se cuenta que fue imposible convencer al padre de la pequeña difunta que su solicitud era poco menos que imposible, pero el comerciante no admite negativas y alienta el trato ofreciendo un pago elevadísimo por el trabajo, con la promesa de doblarlo si el pintor logra el parecido. Y así entonces pues manos a la obra.

A su debido tiempo trae las ropitas que había prometido, también a la linda niña que serviría de modelo, ahora vestida con la ropa de su difunta compañerita de juegos y que hace algo mas dúctil lograr la obra de arte en detalles

Así culmina el retrato.

Incluido un paisaje al fondo y al frente una o dos flores y ya colocado en un marco dorado.

Minutos después Don Magín llega al estudio de la calle Santa Rosa y contempla la imagen sin musitar palabra. Ante los ojos del viejo va apareciendo lentamente la imagen de la pequeñita y, al final, brotándole las lágrimas de los ojos, aprieta ambas manos del pintor entre las suyas.

— Ha logrado usted mucho más de lo que esperaba.

Así termina esta suigéneris crónica santiaguera. Don Magin alza y se va el retrato que nunca tuvo a la verdadera modelo.

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